Crisis de confianza

Por Rodrigo Tupper
  • Gerente general de Fundación Portas

Hace unos días hice el ejercicio de escribir en Google la frase “confianza en Chile” y los resultados que me arrojó el buscador fueron, en su mayoría, asociados a la crisis de confianza que enfrenta nuestro país, con artículos de cómo recuperar la confianza, del lugar que ocupa Chile en rankings internacionales y cómo las instituciones son cada día más cuestionadas por los ciudadanos. Y cómo no, si hemos sido testigos, a lo largo de los años, de episodios como el Caso Penta, SQM, Caval, EFE, la colusión de las farmacias, del confort, de los pollos, La Polar y los casos en el Ejército, en Carabineros, en la Iglesia Católica, entre otros, que han mermado nuestra capacidad de confiar. La ciudadanía desconfía y así lo han indicado estudios internacionales que señalan que la percepción de las personas sobre los niveles de corrupción en Chile ha aumentado y que los más afectados son las instituciones.

La palabra perdió el valor que años atrás tenía. Vivimos en una sociedad en la que constantemente desconfiamos de la intención del otro y creo, que, en gran parte, es responsabilidad de las instituciones que han contribuido sistemáticamente a esta crisis. Negociaciones escondidas, escándalos políticos, delitos, apremios a la fe, entre otros, propician un escenario donde estamos constantemente a la defensiva y en un estado de alerta permanente que afecta, sin duda, nuestra calidad de vida.

Tanto afecta este clima que, según la encuesta Bicentenario, durante los últimos años, también se han debilitado las relaciones de vecindad y disminuyó el promedio de amigos que tienen los chilenos. Es una alarma preocupante, que contribuye a la construcción de una sociedad más individualista, donde priman los intereses personales por sobre los colectivos.

Me preocupa que el país donde alguna vez conocíamos a nuestros vecinos, donde la palabra era un bien preciado, donde podíamos generar relaciones, tratos, acuerdos y negociaciones desde el compromiso, progresivamente sea algo del pasado, debilitando de tal manera nuestra convivencia, llegando a desconfiar de todo y a veces de todos. En este contexto se están formando las nuevas generaciones. Construir la vida desde la desconfianza nos deshumaniza, nos hace construir muros en vez de puentes, hace que profundicemos en las diferencias por sobre los acuerdos y nos hace mirarnos como enemigos.

Pero la confianza hay que construirla, podemos demorar mucho tiempo en hacerlo y podemos perderla muy rápidamente, la familia es la clave para la construcción de la confianza, pero también nuestros lugares de estudio y de trabajo deberían ser lugares de construcción de confianza, como nuestros barrios, nuestras plazas, nuestras ciudades. Tenemos un desafío enorme, las instituciones en general hoy no nos ayudan mucho, por eso, uno a uno tenemos la tarea de aportar a que nuestra convivencia sea más serena, más rica, en definitiva más humana. Si no asumimos urgentemente este desafío, el país se caerá a pedazos y una vez más los más pobres y vulnerados pagarán las peores consecuencias.

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