La corrupción y la sal

Por Alfred Cooper
  • Obispo anglicano y ex capellán protestante de La Moneda

Nadie discute que la corrupción es una de las enfermedades más nocivas que pueda afectar a las autoridades y gestiones públicas de un país. Su sentido etimológico conlleva un significado de “destrucción de las confianzas”. Carcome el ambiente público, su civilidad, su optimismo, su fe en el futuro. Entre las investigaciones que aún han de llevarse a cabo está la de por qué los países latinoamericanos mantienen inherente un gen de corrupción en su desarrollo. ¿El post colonialismo donde ser pillo es ser inteligente? ¿La pobreza y brecha económica que justifica el robo a todo nivel? ¿El supuesto que algunos viven por encima de la ley y que “así son las cosas, nomás”? ¿La falacia cultural de que una de las prebendas aceptadas de servir en política es el poder robar y hacerse rico?

Hace no tanto, el chileno se jactaba de pertenecer a una de las naciones latinas menos corruptas y más fiables de Latinoamérica y del mundo. En 1995 en percepción de menos corrupción gozábamos del ranking 14º entre los países del mundo y de una nota de 79%. En 2017, a pesar de una leve alza reciente, sólo llegamos al lugar 26º con 67%.

La justicia entre los gobernantes es una exigencia bíblica sine qua non para los que tienen la responsabilidad de levantar una sociedad saludable y próspera: “No pervertirás la justicia ni actuarás con parcialidad. No aceptarás soborno, pues el soborno nubla los ojos del sabio y tuerce las palabras del justo. Seguirás la justicia y solamente la justicia, para que puedas vivir y poseer la tierra que te da el Señor tu Dios”, instruye Deuteronomio 16:18-20. ¡Habrá muchos sobresaltos inesperados en el día de Juicio Final!

Los cristianos son llamados a hacer intercesión constante por sus gobernantes y recuerdo cómo hacíamos oración ferviente por el país en la capilla de La Moneda. Entre las peticiones había una que elevábamos “por si acaso”… Pedíamos que si había alguna corrupción oculta que afectara nuestra nación, saliera a la luz. No tardó mucho en llegar la respuesta y desde todos los estamentos y tendencias políticas. Nos vinimos abajo, repentinamente, con una sucesión de escándalos: Penta, Caval, Soquimich, Carabineros… Fallamos en cada área que las entidades internacionales recomiendan que se deben fortalecer para lograr la integridad y transparencia de los procesos: el financiamiento de la política, las contrataciones públicas y el fortalecimiento de instituciones jurídicas independientes. Un desfile cansador de autoridades políticas que habían lucrado engañosamente de dineros públicos, y otra de sacerdotes sorprendidos en abusos, sacudieron nuestra complacencia.

Jesús enseñó que la Iglesia ejerce un rol de “sal” en la sociedad, a medida que predica y vive los valores cristianos. Esta sal descubre, frustra, impide y purga la corrupción.   Eso hace particularmente serio el que sea tan menoscabada la confianza en la Iglesia hoy. ¿Qué necesitamos para llegar a ser de nuevo los “gentleman de Latinoamérica”? Buenos procesos públicos transparentes, una prensa libre, inteligente y activa en denuncia justa, gobernantes probos… y, sin duda, ¡sal!

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