Una deuda histórica

Por Rodrigo Tupper
  • Gerente general de Fundación Portas

Hace unas semanas tuve la fortuna de ser invitado a la Región de la Araucanía por la Corporación Mapuche Lonko Kilapang, una organización que reúne a profesionales y técnicos con el fin de ayudar a mejorar las condiciones sociales, culturales, políticas y económicas de la comunidad mapuche.

La reunión tenía como objetivo buscar puntos de acuerdo y sinergias que nos permitan trabajar en conjunto en el apoyo a jóvenes de la comunidad que ingresan a la educación superior y que tienen el sueño de convertirse en profesionales. Al mismo tiempo, pude compartir con algunas autoridades de la comunidad mapuche, conocí sus costumbres, participé de sus actividades y pude entender la importancia de nuestras raíces.

Semanas después de esa reunión, que buscaba construir puentes en el ámbito de la educación, el conflicto en la Araucanía ocupa la atención de todo un país y por una noticia que está lejos de hacernos sentir orgullosos. La muerte del joven comunero Camilo Catrillanca vuelve a encender las alertas sobre la violencia que enfrenta la comunidad mapuche y de lo injusto e ingratos que hemos sido con nuestra gente. Es el momento de pagar la deuda histórica que tenemos con nuestros compatriotas y así terminar con los reiterados atropellos a los derechos humanos hacia esta comunidad.

La militarización de la Araucanía puede empañar y quebrantar los esfuerzos de integración y diálogo con el pueblo mapuche y, como consecuencia, trae consigo violencia y nos hace cómplices de malos tratos, malas decisiones, crisis de confianzas y, lamentablemente, más muertes.

Históricamente ha existido una profunda ignorancia de los valores y la riqueza cultural que puede entregarnos el pueblo mapuche, primando el poco aprecio a sus tradiciones y a nuestros antepasados. Si hubiésemos enfrentado bien el choque cultural, podríamos habernos privilegiado de toda la sabiduría cultural, religiosa y económica del pueblo mapuche, otorgándole un valor real al concepto de comunidad, donde el eje está puesto en las personas y no en la cultura individualista.

La comunidad mapuche merece respeto y todos nosotros debemos redoblar los esfuerzos para lograr un acercamiento real y pacífico con las comunidades indígenas. La integración debe ser el motor y la paz en la Araucanía, el fin para que pongamos término a años de desagravio. La muerte de Camilo sólo nos habla de que no hemos hecho las cosas bien y que el diálogo es frágil si es acompañado de la criminalización de un pueblo con historia y que grita por justicia.

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