Fiesta de la Inmaculada

Por Hugo Tagle
  • Sacerdote y columnista. Twitter: @hugotagle

El 8 de diciembre celebramos la fiesta de la Inmaculada Concepción. La Iglesia afirma que María fue concebida sin pecado original y por lo mismo preservada de la muerte. Con ese nombre se presentó a Bernardita Soubirous en Lourdes. Es la imagen que se venera en el cerro San Cristóbal, en Santiago, y en Lo Vásquez, santuario a donde peregrinan cientos de miles de personas todos los años en estas fechas. Pero ¿para qué sirve esta verdad de fe? De mucho. Nos anticipa nuestro propio encuentro con Dios, nos habla de la vida eterna y, a su vez, recuerda la infinita dignidad de la vida humana, en su totalidad, alma y cuerpo. El cuerpo humano es templo de Dios, imagen de Él, por lo que cualquier vida humana es digna, santa, y merece todo nuestro cuidado. En María vemos ese infinito respeto de Dios por su creatura predilecta, el hombre.

Por ello, las fiestas marianas no son sólo piedad y mirar al cielo. Mirar a María Santísima, la madre de Jesús, es mirar a los hombres y mujeres de hoy, sobre todo a los que más sufren, los postergados, encarcelados, madres solteras, maltratadas. Abandonadas. La veneración a María es camino de encuentro con el dolor y esperanza humana. La Santísima Virgen está en el corazón de Chile. Miles de personas peregrinan año a año a sus santuarios a lo largo de Chile para saludarla. Y si usted es de los que se pone nervioso con el tema, no se preocupe. Es cariño, devoción, no adoración. En el plan de Dios, María ocupa un lugar importantísimo. Es camino seguro para encontrarse con Jesús. Es puente con otras religiones. Los musulmanes le tienen gran cariño y admiración. ¡Mahoma la nombra más de 30 veces en el Corán! Es puente de encuentro entre oriente y occidente.

En el Chile de hoy, su presencia es particularmente importante. Vemos el cariño de la gente por ella. Los santuarios marianos son el pulmón espiritual de la patria, punto de encuentro y unidad de todo el territorio nacional, de Arica a la Antártica.

El papa Francisco recordó hace unos días que la piedad popular es “el sistema inmunológico de la Iglesia”, pues “nos salva de muchas cosas”. “Cuánta necesidad tenemos de los santuarios en el camino cotidiano que la Iglesia realiza”, dijo el Santo Padre. “Estos son el lugar donde nuestro pueblo se congrega para expresar su fe en la simplicidad y según las varias tradiciones que se han transmitido desde la infancia”, agregó. “Nuestros santuarios son insustituibles, porque mantienen viva la piedad popular, enriqueciéndola con una formación catequética que sostiene y fortalece la fe y, al mismo tiempo, alimentando los ejercicios de caridad”. En efecto ¡cuidemos y valoremos nuestros santuarios y lugares de peregrinación! A lo largo de Chile, hay muchos “pulmones espirituales” que merecen atención y cuidado. Podrían ser más. Con ellos ganamos todos, no sólo los creyentes. Son espacio de paz, de reflexión, encuentro con la naturaleza, con el otro. Un Chile más religioso es un mejor país, más humano, más justo y fraterno.

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