“¡No sirven nuestros jueces!”

Por Alfred Cooper
  • Obispo anglicano y ex capellán protestante de La Moneda

Ante los varios cuestionamientos expresados en la prensa y los medios sociales a nuestro sistema judicial y recientes fallos de los jueces en los casos Frei, Caval, Penta, Soquimich, Luchsinger, Catrillanca, y la constante liberación de delincuentes reconocidos, cabe una reflexión importante: ¿de qué sirve un sistema de justicia que deja descontento a media población? Desde la implementación de nuestro Código Procesal Penal en el año 2000 se ha objetado que “le hemos creado una puerta giratoria a los delincuentes”, “el mundo está al revés porque al victimario se le ofrecen todas las garantías y a la víctima nada”, “que a las fuerzas de orden se les ha maniatado de tal manera que no pueden reducir ya más al delincuente”, “que estos sistemas son propios más bien de sociedades y culturas avanzadas donde no son tan pillos”.

Se piensa que a nosotros nos iría mejor con una fuerza represiva y de castigo mucho mayor para disuadir al crimen en vez de fomentarlo y darle la salida fácil.

Todo lo anterior contiene, como siempre, elementos de verdad, que sin duda nos frustran enormemente al observar la evidente impunidad que resulta de elevar a categoría de “intocables” los derechos del ser humano y su presunción de inocencia.

Y, sin embargo, todos necesitamos apoyar el actual sistema judicial y mejorarlo. No es malo que hayamos optado por el principio de defender y fortalecer los derechos del individuo, incluso así obligando a precisar y fundamentar, más allá de la duda, las pruebas condenatorias que deben producir las fuerzas de Carabineros y PDI en sus investigaciones. Es concepto y práctica de naciones desarrolladas. Hasta en las películas que vemos de Europa o de EEUU se producen similares situaciones donde los “malos” se salen con las suyas por “falta de méritos”, resultando en la consecuente furia y deseos de ajusticiamiento de parte de los “buenos”. Es del todo correcto que la ley ampare los derechos de los ciudadanos. Lo que sí se necesita es que los jueces apliquen las nuevas leyes justamente. ¿Y qué significa eso?

Bíblicamente, el juez es responsable primero ante Dios, y sólo después ante los hombres y la sociedad. Debe ser justo, imparcial, firme y probo. En 2º Crónicas 19:6,7 los jueces son instruidos a que “tengan mucho cuidado con lo que hacen, pues su autoridad no proviene de un hombre, sino del Señor, que estará con ustedes cuando impartan justicia. Por eso, teman al Señor y tengan cuidado con lo que hacen, porque el Señor nuestro Dios no admite la injusticia ni la parcialidad ni el soborno”.

Es ante la imparcialidad divina, incluso, que se entiende la salvación de Cristo. Dios no pudo dejar de lado su propia Ley sino que Alguien tuvo que pagar la pena por nuestros delitos en la Cruz. El mundo dice: “Tú pecas, ¡tú pagas!”. Cristo dice: “Tú pecas, yo pago”.

Las opiniones expresadas aquí no son responsabilidad de Publimetro

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