El fin del califato

Por Raúl Sohr
  • Analista internacional

Cercados y sin esperanzas luchan los últimos remanentes del Estado Islámico (EI). Unos quinientos combatientes de la organización que aterrorizó el Medio Oriente libran una batalla final. En su mayoría son extranjeros que prefieren morir, armas en mano, antes que ejecutados por sus captores. La ambición de crear un estado sin fronteras, regido por la sharia, la ley islámica, desde el sur de Rusia, pasando por el Medio Oriente y cubriendo el norte de África era irrealizable. Jamás fue posible retener parte del territorio en Siria e Irak, del tamaño de Inglaterra, que llegó a regir la vida de ocho millones de personas.

La suerte del califato estuvo sellada desde su comienzo. En mi libro “El terrorismo yihadista”, publicado en 2015, cuando la organización cosechaba sus mayores éxitos escribí: “El fanatismo religioso del EI es una fortaleza en el corto plazo, pero a la larga lo conducirá a la derrota. Su política acumula enemigos decididos y ahuyenta aliados potenciales”. El mundo observó las imágenes de ejecuciones, degüellos, incineraciones, atentados mortíferos contra mezquitas, iglesias o turistas que provocaron una condena unánime. Queda la triste huella de miles de asesinatos de árabes, kurdos, musulmanes, sufís, chiítas, yasidies, cristianos y algunos occidentales.

El califato como proyecto territorial está reducido a escasos cuatro kilómetros cuadrados en Siria, próximos a la frontera con Irak donde tropas están desplegadas para evitar el cruce. Es cuestión de tiempo, poco, para que sea ocupado por tropas kurdas respaldadas por Estados Unidos. El Presidente Donald Trump vaticinó que ello ocurriría esta semana.

Así se desvanece el espejismo de los yihadistas, empeñados en una guerra santa por imponer su peculiar versión del Islam. Fue un sueño sanguinario en que los fundamentalistas izaron sus banderas negras y proclamaron la creación del califato en junio de 2014. Abu Bakr al-Baghdadi, cuyo paradero se desconoce, fue anunciado entonces como su califa o líder máximo.

Esta derrota no marca, sin embargo, el fin del yihadismo. En las sombras permanecen millares de combatientes del EI. Al Qaeda, a su vez, permanece activa en varios países musulmanes operando con un esquema flexible, como una suerte de franquicia. Las huestes de Osama bin Laden se abstuvieron de establecer un dominio territorial y esto las ha librado de ser barridas.

Más allá del destino de las distintas organizaciones yihadistas, en vastas regiones del mundo islámico subsisten las causas que les dieron origen. Un sentimiento antiglobalizador, la oposición a gobiernos corruptos y dictatoriales apoyados por las potencias occidentales alimenta la fe islámica. La identidad religiosa es una barricada de resistencia y de hermandad. Si no cambian las condiciones, el yihadismo podría encontrar otro mascarón de proa y volver a la carga.

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