No a la violencia

Por Hugo Tagle
  • Sacerdote y columnista. Twitter: @hugotagle

Un 62,5% de los niños chilenos han sido víctimas de un coscacho, combo, zamarreo, golpe en la espalda o en la cara por no estudiar, no hacer sus tareas, o no obedecer. O simplemente “por molestar”. Así se lee de las cifras del “Mapa de Vulnerabildad” aparecido hace unas semanas. Y se incluyen en este maltrato, los gritos y las amenazas, que muchas veces son tanto o más dañinos que un golpe físico. Sólo 31,7% de los niños de 5 años o más recibe métodos de disciplina no violentos como medida pedagógica para “mejorar su aprendizaje”. Malas cifras. Antiguamente se decía “la letra con sangre, entra”. Un triste dicho para justificar la violencia como “herramienta pedagógica”. Pero no es así. “Se cazan más moscas con una gota de miel que con un barril de vinagre”. Sólo el buen trato, el respeto y aprecio, logran adelantos en el aprendizaje. La violencia a nada conduce. Menos si se trata de niños.

Hay un gran desafío por delante: erradicar la cobarde y tristemente enquistada costumbre de castigar físicamente a los niños por su mala conducta o por no aprender en el colegio o por lo que sea. Hay que corregir esa macabra normalización de la violencia en los hogares e instalar la obvia idea de que todos los niños, niñas y adolescentes, son sujetos de derechos, cariño y respeto.

Como lo dijeron las autoridades: “Las cifras de violencia nos revelan que debemos reforzar el rol protector de las familias, la corresponsabilidad en el cuidado de los niños y niñas y el involucramiento de toda la comunidad”. Sí, es tarea de todos corregir estos malos hábitos.

“La dulzura en el hablar, en el obrar y en reprender, lo gana todo y a todos”, decía Don Bosco. Martin Luther King aseguraba: “La violencia crea más problemas sociales que los que resuelve”. Tras un acto violento surge una cadena nefasta de consecuencias; de ira y resentimiento que nunca termina. Un golpe o grito pueden dejar secuelas incurables en un niño. Pero no basta con mirar pasivamente. Ante las atrocidades, tenemos que tomar partido. El silencio estimula a quien hace daño. Atrevámonos a corregir las conductas violentas. Una palabra dicha a tiempo, salva una vida. No nos transformemos en cómplices pasivos de un daño irreversible. Y le haremos un favor tanto al niño como a la persona violenta, que altamente probable también fue corregido así cuando niño.

“El niño, guiado por un maestro interior, trabaja infatigablemente con alegría para construir al hombre. Nosotros los educadores, sólo podemos ayudar en ese proceso. Así daremos testimonio del nacimiento del hombre nuevo” dice María Montessori, experta en educación. Educar en la igualdad y el respeto es educar contra la violencia. La educación comienza en la casa, respetando al otro, valorando sus esfuerzos, estimulando y mostrando preocupación por sus intereses e inquietudes. Un golpe no conduce a nada. Erradiquemos la violencia de los hogares. Apostemos por el buen trato, respeto y tolerancia.

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