Alegría en la Penitenciaría

Por Alfred Cooper
  • Obispo anglicano y ex capellán protestante de La Moneda

Existen pocos temas que a uno lo cansen más que escuchar a personalidades ricas y famosas pontificando huecamente sobre la felicidad. A veces sorprenden, sin embargo, sus conceptos más honestos. Paul McCartney: “Para mí la felicidad es estar lejos de mis conciertos junto a mi familia en casa”. Albert Camus: “No existe la felicidad cuando lo que hacemos no concuerda con lo que creemos” (fue el filósofo del absurdo).

El tema hoy ha pasado a ser una ciencia en algunas de las más prestigiosas universidades donde se sigue buscando la fórmula de obtenerla y recetarla. Sexo, drogas y rock and roll, dinero, fama, vivir tus fantasías, todo se propone, pero el dilema humano es cómo igual nos elude mientras la buscamos tanto.

Daniel Gilbert, en su libro “La felicidad, una historia”, dice que en realidad el mundo siempre ha sido un lugar muy triste y que en la historia nunca se ha propuesto seriamente el derecho a la felicidad hasta la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, en 1776. “Declaramos que todos los hombres son iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

El concepto judeocristiano también sorprende por su énfasis en lo cotidiano y lo alcanzable. Pablo, desde una fétida cárcel romana, posiblemente torturado, es capaz de celebrar y llegar a nosotros a través de los siglos: “Alégrense siempre en el Señor. Repito: ¡Alégrense!”. Si Jesús fue el hijo de Dios, la Biblia nos propone que es él quien nos comparte su gozo, el gozo transformador de Dios mismo. Se recibe al recibir a Jesús. Es parte de la vida que Jesús viene a entregar a los suyos.

Uno de los más hermosos y evidentes brotes de esta alegría es la obra de los evangélicos en las cárceles de Chile. Objeto de estudio reciente por Mansilla, Algranti y Alarcón, se demuestra el fenómeno de la alegría en medio de las penurias de la cárcel. Según el obispo Mario Ibáñez, un reo evangélico con 15 años de condena por robo con intimidación: “En la denominada calle 4 se aprecia un mundo aparte. 252 reos de pie y ordenados en filas rezan y cantan con las manos alzadas en un largo corredor con celdas a cada lado. Se han levantado a las 6 horas locales, aseados y lavada su ropa por turnos; luego han trabajado en talleres en el mismo pasillo con olor a desodorante ambiental durante toda la mañana. Las paredes están recién pintadas, los baños nuevos y el suelo es de cerámica o parqué flotante. Son todas reformas hechas por ellos mismos. Aquí hay principios, buenas costumbres. En los módulos que no son de ‘hermanos’, es una vida donde se baten a muerte día a día”.

¡Gozo en el calabozo! ¡Aleluya!

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