Libia: más excremento del diablo

Por Raúl Sohr
  • Analista internacional

Libia vive otro episódico enfrentamiento entre milicias que luchan por controlar el país. Esta vez Jalifa Haftar y sus huestes se han hecho de dos tercios del territorio y 90% de los pozos petroleros. El general rebelde busca consolidar su poder con la conquista de Trípoli, la capital. El emergente caudillo ha conseguido los apoyos más diversos. En primer lugar, de Estados Unidos, donde vivió largos años de exilio bajo la protección de la CIA. También recibe armas y recursos de Egipto, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes. Asimismo, cuenta con el respaldo activo de Francia y un poco más discreto de Rusia. Con estos aliados enfrenta al gobierno del primer ministro Fayez Serraj, del Gobierno de Acuerdo Nacional, reconocido como la autoridad legítima por Naciones Unidas.

Haftar fue uno de los oficiales liderados por el coronel Muamar Gadafi que en 1969 destronaron al rey Idris. A comienzos de los 80, Haftar comandó la invasión libia al Chad, donde fueron repelidos y cayó prisionero a manos de los chadianos en 1987. Gadafi le dio la espalda y el general optó por exiliarse, con su familia, en Estados Unidos. Desde entonces, Haftar consagró su vida a luchar contra su ex compañero de armas. No bien comenzó la rebelión en Bengasi, en 2011, para deponer a Gadafi, el exiliado comandante volvió a Libia. Allí tomó el mando de las fuerzas al este del país. Depuesto Gadafi, una alianza de organizaciones islamistas intentó controlar Bengasi, pero Haftar lideró con éxito las fuerzas que les vedaron el camino.

Libia tiene las mayores reservas de crudo de África y la décima más cuantiosa del mundo. En lo que toca a reservas, el número uno corresponde a Venezuela, que enfrenta un embargo petrolero estadounidense. Irán y Rusia también están sometidos a sanciones: el primero por su programa nuclear y el segundo por su disputa con Ucrania. Así, el petróleo libio cobra aún más importancia. La nación árabe, además del crudo, es clave para los esfuerzos europeos por impedir la migración africana hacia el viejo continente. Libia es el principal punto de partida de migrantes que cruzan el Mediterráneo para buscar asilo o empleo. Ello desde que Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos, entre otros, atacaron el país en respaldo de los rebeldes liderados, entre otros, por Haftar.

Para Egipto, es clave controlar su larga frontera con Libia e impedir la infiltración de islamistas. En especial de la prohibida Hermandad Musulmana, que hasta el golpe de Estado del gobernante general Abdul Fatah al Sisi, en 2013, era la mayor fuerza política. Arabia Saudita no requiere petróleo, pero busca apagar los focos islamistas.

Es improbable que Libia entre en una guerra civil abierta. Las escaramuzas en las proximidades de Trípoli ya han dejado medio centenar de muertes. Pero el petróleo, el llamado excremento del diablo, podría elevar por mucho el número de víctimas.

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