El crimen facial

Por Raúl Sohr
  • Analista internacional

San Francisco es la primera ciudad estadounidense que prohíbe el empleo de tecnología de reconocimiento facial. Se trata de cámaras operadas con programas biométricos que detectan a personas buscadas. El sueño de las grandes tiendas es contar con bancos de datos de cientos de mecheros. No bien alguno cruce el umbral, la seguridad del local recibirá una advertencia. Para las autoridades de San Francisco esta tecnología “amenaza los derechos civiles y las libertades de manera substantiva”. La misma idea tuvo una serie de accionistas de la empresa Amazon que presentaron mociones para que se desechara la venta de estos sistemas a fuerzas policiales. La propuesta fue rechazada. Activistas defensores de los derechos civiles calificaron el sistema como “probablemente la tecnología de vigilancia más peligrosa conocida hasta ahora”.

Un estudio sobre el programa Rekognition de Amazon, realizado por el reputado Massachusetts Institute of Technology, de Estados Unidos, detectó sesgos en sus algoritmos. Funcionó en forma deficiente en la detección de rostros femeninos y de tez oscura. El estudio concluyó que Rekonigtion erró en 31% de los casos con mujeres morenas o negras. Investigaciones realizadas en el Reino Unido también arrojaron resultados decepcionantes. Londres tiene el récord del mayor número de cámaras de vigilancia por metro cuadrado.

Pero aún si los sistemas fueran eficaces hay quienes temen que esta tecnología puede ser abusada por las autoridades. La filmación sistemática de manifestaciones, por ejemplo, alimentará un banco de datos que, gracias a big data, podrá ser cruzado con una gran cantidad de variables.

George Orwell, en su novela “1984”, alerta sobre la amenaza dictatorial del Gran Hermano: “Era muy peligroso dejar que los pensamientos divagaran en un lugar público que estuviera en el radio de una telepantalla. La menor señal podía delatarlo. Un tic nervioso, una inconsciente mirada de ansiedad. La costumbre de murmurar en voz baja, cualquiera cosa que sugiriese algo anormal, de tener algo que esconder. Una expresión inadecuada… era una trasgresión merecedora de castigo. Existía incluso una palabra en la ‘neolengua’: crimenfacial”.

Obstruir en lugares públicos la operación de las cámaras con capuchas, anteojos oscuros o bufandas podría convertirse en una infracción en ciertas ocasiones. De hecho, la tecnología de reconocimiento facial ya es empleada en aeropuertos y es necesario quitarse todo aquello que dificulta la identificación. Como los servicios de seguridad brillan por su falta de trasparencia, la ciudadanía nunca sabrá cuáles son los criterios de búsqueda empleados. En los bancos de datos de imágenes podrían incluirse desde delincuentes hasta disidentes políticos, inmigrantes en condición irregular o personas que, como lo adelanta Orwell, aparezcan en actitudes sospechosas.

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