El principio pentecostal

Por Alfred Cooper

* Obispo anglicano y ex capellán protestante de La Moneda

“¡Fuego! ¡poder! ¡unción! ¡gloria!”.

Son los fuertes gritos, expresiones de gozo y alabanza que se escuchan en una iglesia pentecostal durante un culto. En una ocasión, en la iglesia metodista en Valparaíso, donde primero cayeron las llamas pentecostales en 1909, hasta se llamó al carro de bomberos al pensar que el templo se estaba incendiando, debido a la conmoción que se escuchaba. ¡Bienvenida sea la escena de la iglesia en llamas, no físicas, sino espirituales, iglesias avanzando y transformando al mundo con el amor y el poder desde lo alto! El ahora conocido y estudiado avivamiento pentecostal chileno, fue uno de tres puntos del triángulo pentecostal que se iniciaba en el mundo a comienzos del siglo pasado: Azusa, India, Valparaíso.

El domingo que viene cae Pentecostés, celebrado formalmente en todo el mundo y en todas las iglesias, en algunas más litúrgicamente y en otras vivencialmente. Nuestro Dr. Juan Sepúlveda, académico conocido internacionalmente, erudito en la materia y su colega Dr. Bernardo Campos, peruano, han propuesto una “Teoría de pentecostalidad”, por medio de la cual sugieren que toda iglesia tiene latente el poder pentecostal, ¡sólo que a veces no lo reconocen! La pentecostalidad proviene de las mismas raíces del evento iniciador del Pentecostés narrado en Hechos 2, y por lo tanto todas se nutren de él. Durante el último siglo, a través de las experiencias carismáticas en iglesias tradicionales, el principio se ha ido aceptando cada vez más. En realidad, no es ni más ni menos que el reconocimiento y la restauración a su debido lugar, de la persona y obra del Espíritu Santo mismo, en términos teológicos, una neumatología restaurada.

Ciertamente, las varias expresiones de “pentecostalidades”, como las denomina Campos, las miles de iglesias pentecostales que han surgido, sin más teología o recursos humanos y que se encuentran entre la gente más humilde de la tierra, han parecido excéntricas. Los gritos, danzas y extravagancias, hicieron dudar al mismo Hoover en un momento si era éste un camino adecuado para la iglesia. Escuchó el susurro de Dios: “Mira los frutos”, y de inmediato se dio cuenta que nadie más que el Espíritu Santo podía lograr los cambios entre los rufianes, las prostitutas, los endemoniados, los más miserables de la sociedad porteña de ese tiempo. Recordó escenas similares en los evangelios y en el mismo día de Pentecostés… ¡siguió adelante, gracias a Dios!

¿Cómo se descubre el principio pentecostal latente? Ellos dirían que los secretos están en la Biblia. Hambre a Dios, oración, ayuno y fe. A pesar de todo lo débil que pudiera ser la iglesia de tiempo en tiempo, escándalos, divisiones, duda y depresión, nada podrá opacar del todo el principio pentecostal, al Espíritu Santo renovador en medio de ella.

“Las puertas del Hades no prevalecerán ante el avance de mi iglesia”.

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