Militares y las batallas perdidas contra el narcotráfico

Por Raúl Sohr

* Analista internacional

La tentación de involucrar a los militares en la lucha contra el narcotráfico es recurrente. En diversos momentos, en distintos países latinoamericanos, las fuerzas armadas han participado en operaciones antinarcóticos. Los resultados en México, Brasil o Colombia, por destacar los más prominentes, han sido entre decepcionantes y desastrosos.

El primer paso para determinar una estrategia ante una amenaza es definirla con claridad. Muchos, erróneamente, creen que el combate contra el crimen organizado y los narcotraficantes equivale a una “guerra”. El presidente estadounidense Richard Nixon, en 1969, proclamó “la guerra contra las drogas”. Dos décadas más tarde, en 1989, George Bush subió la apuesta y prometió llevar la guerra “casa a casa y calle a calle”. A juzgar por los resultados, las autoridades perdieron. El combate contra las drogas sigue con triste vigencia en Estados Unidos donde, más allá de la retórica, los militares no se involucraron en la lucha doméstica contra el narcotráfico.

Suena bien ante la opinión pública cuando un mandatario habla duro, con toques belicistas, contra la lacra del crimen organizado. "Son enemigos que hay que combatirlos sin tregua, sin darles ventajas y utilizando todos los instrumentos a nuestra disposición” son palabras del Presidente Sebastián Piñera al anunciar un decreto que habilita a las Fuerzas Armadas a realizar ciertas labores logísticas, de inteligencia e incluso, detenciones en la frontera norte del país.

La experiencia de otros países aconseja cautela. En México, los militares ingresaron de lleno a la lucha contra los carteles bajo en el gobierno del presidente Felipe Calderón (2006-2012), una “guerra” que a nuestros días deja un saldo de 150 mil muertes. En Colombia, se tildó a las Farc de ser una narco guerrilla. También era posible hablar de narco militares, pues grandes regiones estuvieron dominadas por la asociación de paramilitares y uniformados que controlaban el tráfico de estupefacientes. En Brasil, la intervención militar en populosos barrios ha tenido poco impacto en las operaciones de los carteles.

El arma más potente de los narcotraficantes es la corrupción y para ello, cuentan con recursos. Involucrar a las Fuerzas Armadas, aún en tareas secundarias, es exponerlas a la infiltración por parte de elementos criminales. Si, como en México o Colombia, ganan pie en su seno, hacen aún más difícil el combate a un problema complejo de múltiples aristas. En Chile, el narcotráfico permanece en el ámbito delictual y debe ser confrontado por las policías, con todo el respaldo posible de la ciudadanía.

Hay un viejo chiste. Un joven oficial es enviado a la frontera a combatir el tráfico de drogas. Al mes manda un mensaje: “Narcos me ofrecieron diez mil dólares por hacer la vista gorda, los corrí a balazos”. Al mes siguiente comunica: “Me ofertaron cien mil dólares y otra vez los repelí”. Al tercer mes señala: “No hay problemas, todo está tranquilo”.

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