La ciberguerra a la carga

Por Raúl Sohr

* Analista internacional

Las noticias falsas, fake news, están a la orden del día. Algunas informaciones inexactas o inventadas son generadas sin una intencionalidad definida. Pero hay muchas que forman parte de campañas con objetivos políticos o militares. Todos los países, cual más o cual menos, ya dispone de unidades de inteligencia para confrontar o iniciar campañas de desinformación.

En Gran Bretaña, el ejército cuenta con una serie de brigadas y regimientos especializados en la intercepción y generación de mensajes tóxicos. Hasta hace poco, para aludir a las funciones vitales de la conducción bélica se empleaba la fórmula C3I, por Comando (mando), Control y Comunicaciones, la I alude a la inteligencia, ahora es C4I. La nueva C corresponde a computadores, pero ya muchos hablan directamente de la ciberguerra que incluye a la computación. Es el campo en que hoy se libran batallas por controlar la redes digitales enemigas, que son vitales para la operación de una gran variedad de sistemas de armas. Ello sin considerar las redes eléctricas y toda una serie de servicios esenciales para toda sociedad.

Ahora, dado el rol decisivo de la dimensión ciberespacial, el ejército británico viene de formar una nueva división, la Sexta, que reúne a varias unidades dispersas. Para calibrar su importancia están los números: contará con 14.500 efectivos de los 78.500 que sirven en las fuerzas de tierra a tiempo completo. El teniente general Ivan Jones señaló que la Sexta División “operará sobre y bajo el umbral del conflicto convencional” para enfrentar actividades “malignas” de países u organizaciones terroristas. Jones precisó: “El carácter de las actividades bélicas continua cambiando mientras los límites entre las guerras convencionales y las no convencionales se tornan cada vez más borrosos”.

En efecto, un componente central en todo conflicto es la propaganda y la desinformación. Pese a que no forman parte del arsenal “duro”, pueden ser decisivos en el desenlace de un conflicto. Levantar la moral de combate propia y minar la del enemigo se logra tanto con la artillería como con la propaganda que intoxica. Como ejemplo, fueron citados grandes éxitos logrados mediante la desinformación, en la campaña contra el Estado Islámico, en el norte de Irak.

Si la lucha contra el terrorismo está cubierta por una gruesa niebla, el campo de batalla en la esfera digital es aún más opaco. Es difícil establecer quién es el atacante. Queda la duda si es un país el que oculta su mano, o es uno de los cada vez más abundantes actores no estatales. ¿Hasta qué punto es legítimo diseminar información falsa para intoxicar a millones de civiles? O bien, ¿atacar los servidores que garantizan servicios vitales que pueden paralizar ciudades o grandes regiones? Todo sin disparar un tiro.

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