Columna de TV: "El Club de la Comedia: Eeeellos, los más burlescos"

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Por: Marcelo Ibáñez / @cajitaxd

Después de siete años ininterrumpidos al aire, diez temporadas de muy buena sintonía, más de un millón de seguidores en Facebook y, lo que es más raro aún, una respetable cantidad de frases que han salido de sus sketches, para pasar a ser de uso social, masivo y cotidiano a la hora de hacer chistes con los amigos -de la canción del “Ratoncito” al “andai puro maraqueando”, pasando por “A ver, ¿quién es el dostor?” y el “me indignars” del Sr. Cuicos hasta el actual “eeeella, la más… (insertar adjetivo a su elección aquí)”- no reconocer que “El Club de la Comedia” ya está inscrito en la historia, como uno de esos raros programas de humor que han marcado época en nuestra televisión, es cerrar los ojos para querer negarse a lo evidente.

Sus logros son innegables, más aún tomando en cuenta que este jueves, cuando “Barrio Universitario” se estrene en las salas de cine, “El Club de la Comedia” formará parte de ese minúsculo grupo de fenómenos comunicacionales chilenos que han traspasado sus soportes -como “El Chacotero Sentimental” del Rumpy o las imitaciones superlativas de Stefan Kramer- para convertirse en película. Eso, independiente de cómo le vaya en taquilla.

Esto es innegable y va más allá de la opinión personal que uno puede tener sobre el programa y el sentido del humor que éste despliega: un ámbito tan personal y definitorio de nosotros mismos, como lo son el tipo de cosas que nos hacen reír.

El programa resulta interesante, más allá de si te hacen reír a carcajadas, esbozar una sonrisa, mantener cara de póker o preguntarte insistentemente por qué son todo un fenómeno si apenas los encuentras simpáticos. Personalmente, al verlo me muevo entre esas tres últimas opciones. Hay skecthes con los que me río -hasta que se me hacen repetitivos y predecibles- otros con los que el sonido del “cri cri” llena mi mente y monólogos que en el mejor de los casos me parecen simpáticos. Pero como crítico de televisión, la pregunta me golpea la cabeza. Sobre todo al recordar que alguna vez tuve una roommate que llegaba sagradamente a la hora de emisión del programa para sintonizarlo y que conozco gente que los disfruta con sonoras carcajadas.

Creo que su éxito se debe a las mismas razones que suelen tener en común este tipo de fenómenos: sintonizan con un espíritu de época, con una visión de mundo que representa a un grupo social significativo en términos de números, en un momento particular.

Pasó con el humor blanco de “EL Jappening con Ja” en los ochentas, la última década en que la familia chilena se reunión a ver televisión junta, y pasó con la libertad valórica que marcó los peaks del “Desjueves” -la lectura del poema “No Importa” de Mauricio Redolés, ese que generó todo un escándalo con su verso de “hay viejos culiaos que no creen en nuestro amor”, la escapada de un testículo de Cristián García Huidobro en medio de un sketch, o el sátiro sexual conocido como “Pelón” (antecesor de “El Hombre Ardiente”)- en una época en que el país recién trataba de escapar de la camisa de fuerza dictatorial. Pasó con esa especie de fresco costumbrista que se reía del país que lentamente dejábamos de ser y del que creíamos que éramos, conocido como “De Chincol a Jote”, e incluso con un éxito de poca sintonía que aún marcó época en el target veinteañero: la ironía iconoclasta de “Plan Z”, que tan bien conectó con los jóvenes noventeros que tenían como bandera no reconocida de lucha, abrirse culturalmente a un mundo diverso y cuya máxima expresión de protesta era teñirse el pelo de colores, cuando aún eso era motivo de discriminación.

Eso mismo pasa con “El Club de la Comedia”. Un programa que le habla, por sobre todo, a esa gente que fue niña a finales de los 80s. Que alcanzó a ver monos japoneses en “Pipiripao” y que hoy forman parte de esa generación que bordea los 30, que fueron parte de esos primeros universitarios de sus grupos familiares y que hoy generan lucas. Esa primera generación de chilenos que alargó su adolescencia hasta límites nunca antes vistos socialmente. El mismo grupo al cual pertenecen la mayoría de sus integrantes y a cuyos temas apelan casi todos los “monólogos”, que son más bien compendios de observaciones de costumbres. (Monólogos son los que hacen tipos como George Carlin o Richard Pryor).

El programa entiende la comedia, por sobre todo, como una forma de bullying básica, donde la mayoría de los chistes o situaciones son una burla hacia otro. Un representante de esa forma de ataque soterrada que en nuestro país se practica en buena parte de los colegios, oficinas y asados entre amigos. Esa forma de decir lo que pensamos sin decirlo directamente. Y en eso también se basan sus skecthes: personajes de cartoon infantil, con mecánicas y frases que se repiten, tan predecibles y cómodos como esos monitos que esa generación, de la que formo parte, veía cuando chicos. Quizás a eso se deba su éxito. A que en el fondo,”El Club de la Comedia” es un programa infantil, para niños que ya no lo son.

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