Columna de Sebastián Cerda: "Javiera Mena, contra viento y marea"

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Domingo 4 de septiembre de 2016. Al son de “El Noa Noa”, y con todo su equipo impregnándose de la ovación que emerge desde un repleto Teatro Caupolicán, Javiera Mena despide el show con que acaba de celebrar diez años en la escena oficial. Anteojos de “Otra era” y carteles de los “Menamorados” completan la escena, mientras la canción de Juan Gabriel —cuya imagen colorinche corona todo desde la pantalla— suena casi entera, en clara señal de fin. Pero nadie se mueve de sus lugares. Todos quieren regalar un aplauso más a la protagonista.

 

Stop. Rewind.

Miércoles 24 de febrero de 2016. Javiera Mena es anunciada en el Festival de Viña del Mar por Alejandro Sanz, y la cantante aparece en el escenario para compartir algunas estrofas de “Corazón partío”. Las olvida, no entra en el tono e intenta parchar como sea, pero en estos tiempos las audiencias no perdonan. Su imagen rápidamente circula como meme en redes sociales, y el ánimo general queda predispuesto para lo que vendrá tres días después, cuando sea su turno en el evento, y termine saliendo con un par de gaviotas que no pocos sintieron regaladas.

 

¿Qué pasó entre medio de ambas escenas?

Nada. A pesar de sufrir la altanería que el público local derrocha cada febrero, la artista cuestionada de entonces y la triunfadora de hoy son exactamente la misma, poseedora de iguales armas, atributos y debilidades. No mucho ha cambiado ni, menos, mejorado, porque en estricto rigor tampoco hay tanto que mejorar en una cantautora que ya luce cómoda en el lugar al que había parecido apuntar.

¿Cuál es ése? El de icono pop, con todo lo que ello implica: Planificación, trabajo, sentido del espectáculo, inversión, coherencia estética, ausencia de prejuicios, búsqueda, inquietud, empatía, ánimo de celebración y, por cierto, canciones hechas para quedar grabadas en la cabeza.

Todo eso es lo que exhibió la artista al celebrar una década en lo que podríamos llamar “profesionalismo”, tal como había hecho seis meses antes en la Quinta Vergara, como podrá comprobar cualquiera que se anime a revisar esa presentación en YouTube con los sentidos algo más abiertos.

¿Que entonces desafinó? Sí, tal como hizo este domingo en el Caupolicán. ¿Hay algo novedoso en ello? En absoluto, cualquiera que la haya visto en un par de shows sabe bien a qué atenerse. ¿Y eso amerita crucifixiones? Desde luego que no. Porque en el mundo de la cantautoría (sobre todo llevada al pop) la técnica puede ser importante, pero no lo es más que la proyección de identidad y carácter, que la pertinencia del registro con el entramado general, ni que la conversación que esos elementos logren tener con el personaje resultante.

Algo similar pasa a nivel discursivo, con una cantante que se incomoda ante preguntas de contingencia, y que suele tirar la pelota al córner con respuestas tan vagas como “todo es política”. Más carnada para los fagocitadores anónimos de Twitter, esos mismos que olvidan que se trata de una mujer que es bandera en temas como diversidad, igualdad de derechos y feminismo, pero que comete el error de no tener la picardía suficiente para salir jugando cuando buscan vestirla con los mismos ropajes que otros ya están usando.

Pero no es necesario que los use. Porque en estos diez años, la autora de “Espada” ya ha dejado en claro que pavimentó su propio camino, y que jugando bajo sus reglas pudo alcanzar un kilometraje al que pocos llegan partiendo desde esta tierra ingrata para el estrellato, llamada Chile. En ese sentido, la hora de las explicaciones hace rato quedó atrás para ella, embarcada en una dinámica en que alterna con éxito períodos de siembra y cosecha. Así seguirá, seguramente, en los diez años que están por venir, y el que no lo entendió o no lo quiere aceptar es mejor que se relaje y escoja su alternativa: O inscribirse en la fiesta technicolor de Mena, o no seguir insistiendo.

 

Oor Sebastián Cerda/Pub

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