Corsa OPC Nurburgring: Cachorro de león, pero fiera al fin y al cabo

Junto a Opel que nos invitó a Alemania vivimos esta experiencia vigorosa en los mandos del Corsa OPC Nurburgring, una edición limitada a 500 unidades y que orgullosamente figura en el catálogo de la marca en Chile. Alexis Cares

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Corsa OPC Nurburgring: Cachorro de león, pero fiera al fin y al cabo

Hago mías las palabras que un reciente viaje con Opel a Alemania nos entregara Bernardo Heiremans, product manager de la marca germana en Chile:  “El Corsa OPC Nurburgring es un auto dirigido fundamentalmente a hombres, de todas las edades, y que derechamente son amantes de la velocidad”.
Y lo pude constatar del mejor modo subiéndome a uno y manejándolo al límite de sus capacidades en un circuito de test que el fabricante posee en los alrededores de Russelheim, cerca de Frankfurt.
Por Chile hay gente que ha divisado circular el Corsa OPC a secas, bueno acá hablamos de una creación llevada al extremo. Por afuera hay un rediseño de la parte inferior del faldón delantero, en la zaga asoma un nuevo difusor con protagónicas dos salidas de escape separadas y las llantas que estiraron de 17 de 18 pulgadas. Su carrocería está dos centímetros más cerca del suelo debido a las nuevas y más duras suspensiones y que integran amortiguadores Bilstein. Los frenos también traen novedades con unos eficaces Brembo que ofrecen un 10% más de superficie de fricción. Nos explican, antes del manejo, que otro de los desarrollos distintivos es un diferencial autobloqueante mecánico, que adquiere estelaridad cuando salimos a llevar al máximo las capacidades de esta fierita de cuatro metros casi exactos.

CUIDADO EN LA CURVA

Hasta que cayó en mis manos cayó este pequeño brutazo que desde la primera caricia en el acelerador tira unos arañazos de su potencia venida de un motor gasolinero turbo sobrealimentado y que expele 210 caballos (la versión más radical antes de esta edición limitada en su producción a sólo 500 unidades era la OPC de 192 CV). Lejos de herirme, sólo me marca para seguir muy atento a las condiciones del circuito y de ir jugando para extraer lo mejor posible desde su caja manual de seis velocidades. Seré sincero y les contaré que fue tan adrenalínico el manejo a fondo, con frondosos bosques como testigos de un circuito que serpentea dejando su huella de cemento en el fondo de ese verdor, que nunca engrané la quinta no la sexta. Las señas del instructor no me lo permitieron y tampoco solté a la fiera en una situación de autopista.
La entrega de la potencia transcurre así como les cuento, con algo de nervio y ademanes no del todo finos, lo que convierte la experiencia de manejo en una vivencia todavía más salvaje y uno, como hombre, se siente domando a una fiera y seduciéndola hasta amansarla y llevarla obediente por donde uno va. Pero las fieras son fieras y lunáticas, y por lo mismo este auto le pegó una desconocida a uno de mis colegas compañeros de viaje y que debió hacer un par de correcciones cuando la cola del auto se le fu un poco, saltando hojas y algo de la tierra que acompaña ese bello laboratorio entre árboles, señaléticas de carrera, advertencias y cronómetros. Antes de creerme el cuento o burlarme casi me pasa lo mismo, así que puse máxima sobre máxima concentración.

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