El ser humano no envejece, se oxida

Uno de los signos más evidentes de la oxidación es el fotoenvejecimiento, que se manifiesta como arrugas en la piel y pérdida de elasticidad.

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Tal como una manzana, que a los pocos minutos de partida cambia de color, producto de la oxidación que se genera por el contacto con el aire, el ser humano también se oxida, lo cual se relaciona directamente con el proceso de envejecimiento y la generación de ciertas enfermedades que se relacionan con la edad.

Esta afirmación se basa en el concepto estrés oxidativo, que es el daño producido a nivel microscópico en distintos componentes de la célula (proteínas, lípidos, DNA, etc.) que afectan su correcto funcionamiento. Este daño es generado por los radicales libres (ROS, reactive oxygen spices) que se generan de manera normal en la respiración celular y que cuando se producen en cantidades mayores a las que el cuerpo es capaz de neutralizar, se involucran en procesos de enfermedades asociadas a la edad.

La doctora Paula Klein, experta en medicina antiaging y candidata a magister en nutrición, de la clínica Klein y Klein, explica que el estrés oxidativo se acelera por la exposición a productos tóxicos, tales como el tabaco o contaminantes ambientales, por el exceso de exposición solar, por el sobreconsumo de lípidos y carbohidratos en las comidas, entre otros factores.

A raíz de observar que los radicales libres se encontraban aumentados en las personas de edad y en los pacientes con enfermedades cardiovasculares e inflamatorias, en el año 2003, Harman D. propuso la teoría de los radicales libres y el envejecimiento (Antioxid Redox Signal), convirtiéndose en uno de los primeros estudios en relacionar estrés oxidativo con envejecimiento.

Por la implicancia que esta teoría abrió para tratar el envejecimiento con un nuevo prisma, de ese entonces a la fecha se ha convertido en un campo de investigación muy activo y cada mes aparecen nuevas investigaciones buscando los mecanismos a nivel molecular del envejecimiento y cómo actúa el estrés oxidativo.

Consultada sobre si el proceso de estrés oxidativo funciona igual para todas las personas, la doctora Klein dice que no. Explica que existen diversos factores que influyen en su aceleración o por el contrario, en hacer más lento este proceso. “Hay alimentos ricos en antioxidantes que ayudan al organismo a combatir el estrés oxidativo y otros que al metabolizarse producen más radicales libres. También influyen el consumo de tabaco, alcohol (excepto una copa de vino tinto), la exposición a radiaciones, principalmente UV, el estrés físico y psicológico, así como el estado físico y la composición corporal, entre otros factores.

Si bien, desde el minuto en que nacemos comenzamos a envejecer, la edad de manifestación de problemas es relativa a los factores antes mencionados y al equilibrio entre factores de riesgo y factores protectores, así como a la predisposición genética a algunas enfermedades.

No obstante, en general los problemas graves se ven después de los 50 años, pero los procesos que llevan a estas manifestaciones comienzan entre 15 y 30 años antes.

Las enfermedades que más se relacionan con el estrés oxidativo son la obesidad, las enfermedades cardiovasculares, algunos tipos de cáncer y la diabetes, con las que aumentan aún más el estrés oxidativo. Uno de los signos más evidentes de la oxidación es el fotoenvejecimiento, que se manifiesta como arrugas en la piel, pérdida de elasticidad, y en los casos más graves, lesiones cancerosas.

¿Cómo se puede combatir el estrés oxidativo?

La doctora Paula Klein señala que hay diferentes estrategias, pero que lo más efectivo es potenciar los factores protectores, como el ejercicio y el consumo de alimentos antioxidantes. Dentro de éstos, destaca el grupo de alimentos que poseen vitamina A, C, D y E, así como los que tienen licopeno, polifenol y omega 3. Algunos de ellos son la zanahoria, tomate, jugo de naranja, kiwis, frutillas, aceite de oliva, pimentón rojo y brucelas, entre otros.

Además, explica que hay que buscar la manera de neutralizar o aminorar el efecto de los factores de riesgo. Dado que en cada persona éstos son diferentes, hay que realizar un plan personalizado que se ajuste a los factores de cada uno y que además sea aplicable a su situación vital actual. Explica que mientras antes se comience es mucho mejor. El ideal es tomar conciencia alrededor de los 20 años, ya que a esa edad aún no se ha producido daño, y además, es más fácil adquirir conductas nuevas y cambiar las antiguas. De todas formas, agrega que “a ninguna edad es tarde, siempre hay algo que hacer, pero mientras más tarde, los resultados serán menos óptimos”.

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