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El fin del dress code de oficina: cómo el trabajo híbrido redefinió para siempre la moda laboral en Chile

Fin del dress code de oficina
Fin del dress code de oficina Cedida
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Hubo un tiempo en que vestirse para ir a trabajar era una ciencia exacta. Traje sastre, zapatos de taco, cartera estructurada. Todo comunicaba seriedad, jerarquía, pertenencia a un mundo profesional con reglas claras. Ese tiempo no existe más; o al menos, ya no de la misma manera. El trabajo híbrido, las reuniones por Zoom y la redefinición del espacio laboral transformaron para siempre la forma en que nos vestimos de lunes a viernes. Y Chile, uno de los países de América Latina donde la preferencia por el trabajo remoto e híbrido es más marcada, está en el centro de esa conversación.

En 2026, vestirse para el trabajo ya no significa elegir entre “formal” o “informal”. Significa encontrar el punto exacto donde la comodidad, la identidad personal y la imagen profesional conviven en el mismo outfit. Un equilibrio que, para muchos, resultó más difícil de alcanzar que cualquier reunión de directorio.

El dato que lo explica todo

Los números hablan por sí solos. Según datos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) citados en reportes de 2025, más del 80% de las empresas en Chile mantiene alguna modalidad de trabajo remoto o híbrido. Y cuando se les pregunta a los trabajadores qué prefieren, la respuesta es contundente: solo el 25% de los chilenos considera el formato presencial tradicional como su modalidad ideal de trabajo, el porcentaje más bajo de toda América Latina, por debajo de Colombia, Brasil, Argentina y México.

Esto no es un dato menor. Significa que la mayoría de los trabajadores chilenos opera hoy desde una realidad intermedia: algunos días en oficina, otros desde casa, y en medio de todo eso, una pregunta que se repite cada mañana frente al clóset: ¿qué me pongo?


Esa pregunta, que parece trivial, tiene consecuencias profundas en la industria de la moda, en la imagen profesional y en la manera en que las personas construyen su identidad laboral día a día.

De la corbata al blazer sobre pijama: la revolución silenciosa

El quiebre fue la pandemia, pero los efectos llegaron para quedarse. Cuando millones de trabajadores migraron de golpe al home office en 2020, surgió un fenómeno que el mundo anglosajón bautizó rápidamente como “Zoom formal”: arreglado de la cintura para arriba, en pijama de la cintura para abajo. Era un parche, una solución de emergencia. Nadie imaginaba que ese gesto improvisado iba a sentar las bases de una transformación cultural duradera.

Lo que ocurrió después fue más interesante. Cuando las empresas comenzaron a llamar de vuelta a sus trabajadores (de manera parcial, en esquemas híbridos de dos o tres días semanales), las personas volvieron a la oficina con un clóset diferente. Habían descubierto la comodidad. Habían experimentado que se puede ser igual de productivo con un outfit relajado. Y no estaban dispuestas a abandonar esa ganancia.

Las carteras shopper comenzaron a reemplazar los maletines rígidos de cuero: más versátiles, más cómodas para el trayecto, más adaptables a una jornada que puede empezar en casa y terminar en una reunión presencial. La practicidad se volvió tan importante como la imagen. Y el mercado lo entendió.

Cuando uno se ve bien, se siente bien

El diagnóstico de diseñadores y asesores de imágen es claro: vestirse importa, incluso (y especialmente) cuando nadie te ve de la cintura para abajo.

Cuando uno se siente bien, puede lograr cualquier cosa que se proponga. El teletrabajo no es excusa para descuidar la imagen personal: al contrario, es una oportunidad para encontrar la versión más auténtica y cómoda de la identidad profesional de cada persona.

En la misma línea, para reuniones con jefatura o clientes importantes, la pieza que sigue siendo clave es el blazer. No necesariamente el blazer sastre de siempre: puede ser oversize, puede ser en un tejido más suave, puede combinarse con jeans o con una falda midi. Lo que no cambia es su poder de comunicar autoridad y presencia sin sacrificar comodidad.

La moda laboral en 2026 no es rígida ni uniforme: es un lenguaje que cada persona aprende a hablar con su propio acento.

Las nuevas reglas (o cómo ya no hay reglas fijas)

Si antes el dress code era un manual escrito, a veces literalmente, hoy es una conversación permanente entre la cultura de cada empresa, el contexto de cada reunión y la personalidad de cada trabajador. Algunos principios, sin embargo, han emergido con claridad.

  1. La formalidad relajada llegó para quedarse: Las empresas combinan lo clásico con lo casual, permitiendo prendas más cómodas como blazers sin corbata, zapatos planos o zapatillas limpias con traje sastre. La rigidez del “formal completo” quedó relegada a los eventos más específicos.
  2. La versatilidad es la nueva elegancia: Las prendas que se adaptan a entornos híbridos, que permiten moverse con comodidad, que no se arrugan en el metro y que se ven igual de bien en una videoconferencia que en una sala de reuniones, son las que dominan el clóset laboral de hoy. Los tejidos técnicos, los colores neutros y los cortes contemporáneos que mezclan estructura con comodidad son la columna vertebral de la moda de oficina actual.
  3. El accesorio como declaración de estilo: En un mundo donde las prendas tienden a la neutralidad funcional, los accesorios se convierten en el espacio de expresión personal. Un cintillo con detalle, un anillo statement, un cinturón con hebilla especial (o una cartera pequeña de mujer en un color que contraste con el outfit) son los gestos que diferencian un look laboral genérico de uno con personalidad y criterio.
  4. Lo que se ve en cámara importa. Las reuniones virtuales crearon una nueva categoría de decisión estilística: ¿qué comunica mi imagen de cintura para arriba? Los colores sólidos funcionan mejor que los estampados muy pequeños, que generan efecto moiré en pantalla. Los tonos claros o medios iluminan el rostro. Y una prenda con estructura (aunque sea un cardigan bien elegido) comunica presencia y profesionalismo sin esfuerzo.

El “smart casual” y la era de vestir con intención

La categoría que mejor captura este momento se llama “smart casual” o “business casual relajado”: un código de vestimenta que equilibra lo clásico con lo contemporáneo, lo cómodo con lo bien pensado. No es la corbata ni el jogging: es el punto exacto entre ambos, y cada persona lo interpreta a su manera según su industria, su empresa y su personalidad.

En sectores como los medios de comunicación, la publicidad, el marketing y la tecnología, el smart casual es ya el estándar de facto. En sectores más conservadores como finanzas o servicios legales, coexiste con el traje formal según el tipo de reunión. Y en el mundo híbrido chileno, donde un mismo día puede incluir una videollamada con clientes internacionales por la mañana y una reunión interna informal por la tarde, la capacidad de transitar entre registros con fluidez se convierte en una habilidad en sí misma.

Vestirse en 2026: una declaración de intenciones

Al final, lo que la era híbrida le enseñó a la moda laboral chilena es algo que los buenos asesores de imagen llevan años repitiendo: la ropa comunica antes de que abras la boca. Y en un contexto donde la mitad de las interacciones profesionales ocurren a través de una pantalla, esa comunicación se vuelve más consciente, más deliberada y, paradójicamente, más personal que nunca.

Ya no se trata de seguir un manual. Se trata de construir una imagen que sea auténtica, versátil y coherente con quién eres —tanto en la sala de reuniones del martes como en el Zoom del jueves desde casa. Vestir con intención, cuidar los detalles y dejar que el look comunique la esencia de cada persona: eso es lo que define la moda laboral de hoy.

El dress code de oficina no murió. Se reinventó. Y en esa reinvención, cada quien encontró algo mucho más valioso que una norma: encontró su propio estilo.

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