Cada 8 de junio, el Día Mundial de los Océanos vuelve a instalar una pregunta incómoda para Chile: ¿cuánto conocemos realmente del mar que nos rodea? Aunque el país posee una de las zonas marítimas más extensas del planeta —con cerca de 83 mil kilómetros de borde costero si se considera la Zona Económica Exclusiva (ZEE)— el conocimiento sobre sus fondos oceánicos profundos sigue siendo limitado.
La situación adquiere especial relevancia en un momento en que distintos países y empresas comienzan a acelerar proyectos de minería submarina para extraer minerales críticos utilizados en baterías y tecnologías limpias. El problema, advierten especialistas, es que el avance extractivo está ocurriendo mucho más rápido que la investigación científica y la capacidad regulatoria de los Estados.
“La paradoja es evidente: Chile posee un enorme territorio oceánico y un potencial estratégico asociado a minerales submarinos, pero todavía sabemos muy poco sobre los ecosistemas que existen bajo esa inmensa columna de agua”, explica la Dra. María Inés Díaz Morales, jefa de carrera de Ingeniería en Geomensura y Cartografía de la Universidad Bernardo O’Higgins (UBO).
La investigadora sostiene que el océano no solo cumple un rol económico, sino también climático y ambiental fundamental. Según datos de Naciones Unidas, los océanos absorben cerca del 30% del dióxido de carbono generado por actividades humanas y más del 90% del exceso de calor provocado por el cambio climático. Además, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) señala que la corriente de Humboldt —que recorre las costas chilenas y peruanas— representa apenas el 0,1% de la superficie oceánica mundial, pero aporta alrededor del 10% de la captura pesquera global, convirtiéndose en uno de los ecosistemas marinos más productivos del planeta.
“Alterar ecosistemas marinos profundos podría tener consecuencias mucho más amplias de lo que imaginamos, afectando biodiversidad, cadenas alimentarias y productividad pesquera”, agrega la académica.
El interés internacional por los fondos oceánicos ha aumentado de manera importante durante los últimos años. Un informe de la Comisión Chilena del Cobre (Cochilco), publicado en 2025, señala que actualmente existen 31 contratos activos de exploración minera submarina a nivel mundial. A ello se suma la existencia de enormes reservas potenciales de minerales estratégicos en el océano Pacífico, incluyendo cobalto, manganeso y níquel, altamente demandados por la transición energética.
Chile tampoco queda fuera de ese escenario. Investigaciones desarrolladas por la Universidad de Chile han identificado la presencia de nódulos polimetálicos, costras ferromangánicas y sulfuros masivos en sectores cercanos a Rapa Nui, Juan Fernández y frente a las costas de Taltal.
Sin embargo, el desarrollo de estas actividades abre una discusión urgente: el país aún no cuenta con un marco normativo específico para proteger ecosistemas marinos profundos ni protocolos ambientales adaptados a este tipo de exploraciones.
“Hoy la legislación chilena está pensada principalmente para regular pesca y navegación, no para enfrentar los desafíos asociados a la minería submarina o la conservación de ecosistemas de profundidad”, advierte la especialista UBO.
En ese contexto, la Dra. Díaz enfatiza la necesidad de fortalecer disciplinas como la batimetría —encargada de estudiar el relieve y profundidad del fondo marino— así como ampliar la investigación oceanográfica y los programas de cartografía submarina de alta resolución.
El desafío, concluye, no es solo económico o ambiental, sino también estratégico. “Chile tiene la oportunidad de transformarse en líder en conocimiento oceánico en el Pacífico sur, pero para eso primero debemos entender qué existe bajo nuestro mar antes de decidir cómo explotarlo”.
