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Columna de Sebastián Cerda: “Tras el velo de Cathy Barriga”

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Los cómputos son claros cuando cae la tarde de domingo: Mientras el candidato de la Nueva Mayoría y el alcalde en ejercicio pagan su torpeza electoral jalándose de los pies, Cathy Barriga avanza por su carril paralelo directo hacia el sillón edilicio de Maipú, sin que nadie la pueda frenar. La tendencia se hace luego más definitiva, y eso es suficiente para que en pocos segundos la ex bailarina luzca el cada vez más dudoso título de «trending topic» en Twitter, hoy por hoy el mayor retrete de las redes sociales.

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No es difícil adivinar hacia dónde apuntan los comentarios que tienen a ese nombre y a ese apellido ranqueando: Con toda seguridad, y como es usual en la red del pajarito, se trata de cierto bullying altanero-arribista, con cada usuario tratando de quedar como más listo que el otro, y con el pasado televisivo y el cliché principesco de la aludida como foco principal.

No es más ni menos que eso, pero en los días post #NiUnaMenos (causa a la que sólo se puede adherir con fervor) los ánimos están especialmente sensibles, y con justa razón. Por eso llueven las acusaciones de machismo, sin importar cuándo calzan y cuándo no, en una ola biempensante impulsada por la amplificación de un triunfo folclórico, llamativo y quizá inesperado, en una comuna emblemática y populosa.

Aunque también es una reacción tardía y parcial. Porque lo cierto es que los cuestionamientos a Barriga ya estaban instalados desde hacía rato, tal vez taponeados por el ninguneo, y no distaban mucho de los que orbitaban en torno a figuras como DJ Méndez, Hardcorito, René de la Vega, Kike Acuña, Yamna Lobos, Gabriel Mendoza y Daniel Morón, entre muchos otros. En todos ellos, se anidaba la suposición de que este poncho les quedaba grande, que no tenían dedos para este piano, no por ser mujeres u hombres, sino por haber sido futbolistas, faranduleros, chicos reality, cantantes frustrados, pendencieros o bailarines.

Pero lo realmente crudo es que bajo esa forma también se los apuntaba implícitamente por morenos, por no tener estudios superiores, por flaites, ridículos, y por la correlación equívoca que se hacía entre un pasado de figuración, y un capital cultural e intelectual inferior.

En ese sentido, parte de la opinión feminista en torno a Barriga cumplió con sofisticar en algo la crítica, depurándola hacia la promoción de construcciones desiguales de género, por haber contribuido a ubicar a la mujer en un plano secundario y objetual (primero), y hogareño y sumiso (después).

Son observaciones evidentes, aunque a la postre parte de un revuelo posterior que acabó transformándose en una carreta tan grande como para dejar a los bueyes convenientemente escondidos. Porque el origen de todo este entuerto, no olvidemos, está en la pulsión de los partidos políticos tradicionales por fichar a candidatos que no ostentan más que alto nivel de figuración y conocimiento. En definitiva, en la absoluta preponderancia que se entrega al triunfo electoral por sobre lo que suceda en los cuatro años posteriores. Para muestra, ahí está Carla Ochoa, quien tras ser electa concejal por Peñalolén en 2012 (UDI) presentó su renuncia a menos de dos meses de haber asumido.

Tras una nueva municipal, no queda claro cuánto de esa experiencia hayan sacado en limpio. Nosotros, por nuestra parte, ya trabajamos en encontrar el esquivo punto de equilibrio entre dos extremos aparentemente opuestos: El natural uso de la reputación a la hora de juzgar a quienes pretenden representarnos, y el innegable derecho a la reinvención que todos tenemos. Está difícil.

PUB/ Sebastián Cerda

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