Columna de Copano: "El trabajo"

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Siempre se dice que el trabajo dignifica y es cierto. También es verdad que nada es más desagradable que estar en una pega que no te gusta y traiciona las expectativas de lo que estudiaste. Ahí la dignidad pasa a ser un tacho de basura lleno de reclamos y comienzas a acumular odio en una sociedad terriblemente exitista y poco pudorosa para lastimar a los que tienen menos suerte.
 
La ministra del Trabajo, Evelyn Matthei, sostiene que no es posible un aumento en el sueldo míni­mo, que es hoy de 180 mil pesos a 250 mil. El argumento es que esto provocaría que muchos call center se vayan del país y se instalen en lu­ga­res donde los pagos son menores.
 
Ahora el tema es que si para trabajar en un call center (aspiración de muy pocos en la vida, digamos) hay que ganar una cantidad miserable ¿hay que evitar que mejoren las condiciones? ¿Ese es el precio?
 
Trabajar no es ser esclavo para pasar los años, recibir un pedazo de nada a fin de mes y morir lo antes posible. Trabajar debería ser la puer­ta para disfrutar, ahorrar, vivir mejor, tener una calidad de vida de personas y no animales. Es eso lo ofensivo de esa perspectiva. Y es más ofensivo aún cuando uno prende la tele y la palabra “boom” aparece al lado de cada emprendimiento en el noticiario. O sea, la gente mira y dice “hay plata, ¿dónde está la mía?”.
 
Este país desigual es pobre para algunos. Y a muchos no nos gusta, y eso que nos va bien. Y como nos va bien ojalá les vaya bien a todos. Si nos va bien a todos, hay más con­sumo (nadie va a guardar la plata si la tiene) y de seguro los más conscientes entrarían a ahorrar y salir de esos brutales hoyos financieros que tienen. Es verdad: unos se tomarían en brebajes alcohólicos la diferencia en plata que representa un salario mínimo de otro, pero uno ve tanta mamá trabajadora que se rompe el lomo y pone empeño en sacar adelante a sus familias, a tanto padre que va del trabajo a la casa y viceversa, intentando dar un ejemplo a sus cabros chicos que de verdad esos debates a uno le conmueven para mal. O sea, estamos hablando de aumentar nada en un país de edificios gigantes.
 
La CUT, que es la que empuja el cambio, no es la organización de trabajadores más representativa. Todos sabemos que Martínez es una caricatura que parece trabajar sólo los 1 de mayo y que ayer lo insultaban mientras hablaba, saliendo raudamente del podium. Pero hay que tener sentido común: es cierto que nadie quiere cesantía, pero si el costo de eso es un insulto a las personas, me­jor estudiémoslo. Estudiémoslo porque parece que hay mucha rabia afuera, que hay personas que no están pasándola bien. Que esta fiesta es para unos pocos afortunados y no de todos. Que parece ser que de donde vivas y con quién te relaciones, que desde el lugar donde naces tu vida se define y tu esfuerzo no es más que una mentira bloqueada por un montón de historias de clasismo, racismo e indiferencia que uno escucha todos los días.
 
Somos parte de la Ocde. Vamos camino, te dicen siempre, al desarrollo. Pero no podemos vivir siendo lo más penca del índice. Hay que dejar de una vez por todas que no nos importe el otro y lo veamos como un número más en la planilla de presupuestos. Yo soy emprendedor y me preocupa que estén bien los que me rodean básicamente porque si ellos no están bien no funciona el equipo como se debe. Y las empresas son equipos. Desde la señora que barre hasta el gerente general. Y son personas ante todo que deben ser respetadas y atendidas como se merecen, porque detrás de ellas siempre hay una familia.
 
Si les gusta tanto decir que es la base de la sociedad, de forma casi intocable, hay que darles una chance ¿no?